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Artistas
consagrados y amateurs del noveno arte exhiben sus trabajos.
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Lo veo con total claridad, como si hubiera
pasado hoy mismo. Pero yo era una criatura muy diferente a la
que soy ahora. En esos tiempos era una niña, feliz y sin
preocupaciones, tendría entre cuatro y seis años,
no más. Tú y yo teníamos un escondite secreto,
escondidos de las miradas de nuestros hermanos y padres. Allí
jugábamos todas las tardes. Nuestro juego favorito era
el escondite ¿Recuerdas? Aquella tarde, antes de que me
tocara esconderme, te acercaste y me diste una piedrecilla de
color ámbar brillante. Era hermosa, no tanto por su aspecto,
sino por de quien la había recibido. Al dármela
dijiste:
Consérvala, es de la suerte. Es de una estrella que
cayo hace unos días. Cuando te encuentres perdida, levántala
y ella te guiara de nuevo al camino correcto.
Me contaste como algunas noches atrás, habías visto
una estrella fugaz surcar los cielos y había terminado
desapareciendo en el horizonte. Me contaste como caminaste hasta
donde parecía haber caído. Allí encontraste
la piedra. Seguimos jugando. Te tocaba contar y a mí esconderme.
Como la ultima vez me encontraste muy fácilmente, corrí
y corrí hasta esconderme en unos arbustos bien alejados.
Me mantuve quieta y en silencio, incluso intentaba no respirar,
pero por supuesto volvía a hacerlo con un resoplido. Creo
que esa fue la primera vez que hice contacto con las plantas y
las flores. Había tanto silencio que me parecía
escucharlas crecer.
Pasaba el tiempo y no me encontrabas, me sentía en extremo
orgullosa de mi habilidad para esconderme. Pero pronto el sol
comenzó a descender y el día a transformarse en
noche y mi orgullo, en miedo. Era la primera vez que estaba sola
lejos de casa, incluso era la primera vez que estaba sola de noche.
Empecé a llorar, pero pensé en que tú no
llorarías y me serene. Para abrigarme, cruce los brazos
sobre mi pecho y sentí algo.
¡Era la piedra estrella! Con ella podía volver a
casa. La tome y la levante por encima de mi cabeza para que la
luz de la luna la iluminara. Destello unas tres veces, cuando,
por el rabillo del ojo, lo vi descender velozmente sobre mí.
Era una gran ave de negras plumas, un cuervo. El pájaro
tomo con su pico mi piedra de estrella y se alejo al vuelo.
Desesperada lo empecé a seguir, le gritaba que me la devolviera,
que la necesitaba para volver a casa. Pero el cuervo continuaba
su vuelo. A veces, en la oscuridad, perdía al pájaro
de vista, pero veía la brillante piedrecilla en su pico.
Parecía una Estrella en el cielo. Cuando estuve a punto
de rendirme, el cuervo la soltó. Cuando la iba a recoger,
alguien se me adelanto y la tomo.
¡Eras tú! Pensé que me habías escuchado
gritar y así me habías encontrado. Corrí
hacia ti llorando y te abrace y te agradecí que me encontraras,
te conté que tenia miedo y pensé que no iba a volver
a ver a nadie. Que no iba a volver a verte.
Tontita, no fui yo quien te encontró me dijiste
mientras me abrazabas la estrella te ayudo a volver
me percate que detrás de tuyo, a cierta distancia, estaba
la casa. Deje de llorar, te sonreí y te di un sonoro beso
en el cachete. Juntos volvimos a casa.
Ahora, muchos años después, entiendo lo sucedido
y como en parte, tenía relación con mi futuro, mi
presente. Hoy, Max, llego por fin a Firenze. Esta vez el cuervo
me guió solo, sin la piedra. Pero cuando miro al cielo
y encuentro ese pequeño y brillante puntito de color ámbar,
te recuerdo, hermano, y se que tu guías mis pasos.
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