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Súper hombre - Cuento
Por Hernán Leandro Carreras ( balder@ciudad.com.ar )

El sol se oculta tras el horizonte. Las luces empiezan a iluminar las calles de la ciudad. La gente comienza a llegar a casa después de un intenso día laboral. Los veo moverse como pequeñas hormigas. El sol, termina de desaparecer y me deja solo entre las nubes y las estrellas.
Miro de nuevo hacia la ciudad, un ruido atrae mi atención. Una explosión. Un incendio. Una niña atrapada entre las llamas. Me muevo rápido, tanto que estoy ahí en apenas una milésima de segundo, tal vez menos. Un minuto y medio después, moviéndome lentamente para no lastimarla estamos junto a sus padres, parados en la calle. Dicen algo, supongo que me dan las gracias, pero no les presto atención. Solo me fijo en como me miran, como si fuera un dios.
Con ese pensamiento vuelvo a mi tranquilo lugar en el cielo ¿Soy un dios? No lo se.
Físicamente lo soy. Nada, ni un rayo, ni el mismísimo sol pueden dañarme. El dolor es un recuerdo lejano de mi infancia. Soy tan fuerte que hasta las placas continentales ceden ante la presión de mi brazo. Tan sólo la luz es más rápida que yo. Y el tiempo… bueno he vivido generaciones humanas sin envejecer en lo más mínimo.
Pero mental y sentimentalmente no soy muy diferente a los demás. Tengo los mismos sentimientos que cualquier otro ser humano. Y lo único que he sentido por años es frustración, mucha frustración.
Tardé mucho tiempo en darme cuenta del motivo de ese sentimiento, hasta que la noche de ayer, una muchacha me lo reveló inconcientemente.
La rescaté de una muerte segura, tras que ella haya saltado de un edificio. Primero pensé que se había querido suicidar, pero el planteárselo cambió mi vida, cuando mi intención era cambiar la suya.
- ¿Suicidarme? – parecía divertida ante mi pregunta – Ni a palos, sabia que me ibas a rescatar.
- Entonces, lo hiciste para conocerme. – afirmé yo. No era la primera vez que alguien hacia algo así.
- Ja… eso, incluso para el ser más poderoso del mundo, es muy arrogante. No, no quería conocerte… Bueno ese no fue el motivo por el que salté, al menos.
- ¿Entonces? – Pregunté mientras la dejaba en el balcón que me había indicado. Tenía un telescopio mirando hacia el cielo. Me invitó a pasar con un gesto.
Entré movido por la curiosidad. Dentro encontré muchas fotos de ella haciendo deportes extremos. (Paracaidismo, bashee jumping, deportes de alta velocidad, etc.). También me llamaron la atención unos diplomas.
- Vaya, tienes varios record Guinnes – comenté sin mucha emoción, intentando ser cortés. Sólo quería saber por que había saltado.
- Sí… obviamente no te tienen en cuenta… sino serian todos tuyos – dijo sonriendo. Supongo que era una linda muchacha, pero ya hace tiempo que no me importaban esas cosas. Como muchas otras.
- No contestaste mi pregunta
- ¿Por qué salté?
- Ajá
- Por lo mismo que hago todo esto – dijo abarcando con un gesto las fotos y los recortes – sabía que me ibas a salvar. ¿Cómo? Porque te miro todas las noches con mi telescopio, quieto, inmóvil en el cielo… lo hice por el desafío, la adrenalina. Sabes a que me refiero ¿No? – ahí fue cuando entendí. Cuando se dio vuelta, esperando mi respuesta, yo ya no estaba.
Ese era el motivo de mi frustración. ¿Hace cuanto tiempo que no tenía un desafío? ¿Hace cuanto tiempo no sentía la adrenalina corriendo por mi cuerpo? Todo me era posible, nada era un peligro para mí. Podía tener lo que y a quien quisiera. Podía dominar al mundo con mano tirana, o volverlo una utopía de paz y tranquilidad. O tal vez, sencillamente, podía destruirlo. ¿Quién me lo iba a impedir? Pero nada de ello era un verdadero desafío para mí, nada de ello me estimulaba. ¿Hace cuanto tiempo fue la última vez que salvé a alguien más allá que para cumplir la rutina diaria?
Tardé todo un día en darme cuenta de que era lo que necesitaba. Y llegué a la conclusión de que necesitaba un último desafío. Me alejo lentamente de la Tierra. Escucho un último grito de auxilio. Lo ignoro. Me alejo cada vez más rápido. Me voy en busca de la única cosa que nunca pude tener y que no se como conseguir: La muerte.

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