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"Mass Media: El vengador"
- Cuento
Por Sebastián Velásquez |
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Con un leve murmullo, casi imperceptible, mientras le daba la
espalda a la luz del pasillo que entraba por la puerta abierta
del dormitorio, le dijo a su madre...
- Levantame a las diez, vieja...
La mujer, desde el umbral, miró la cabellera que asomaba
desde las sábanas. La sonrisita le habría iluminado
la cara de no ser por el seño pronunciadamente fruncido...
- Hijo de puta, ya tenés 30 años. Levantate solo,
vago de mierda!!
La noche afuera sucedía con tranquilidad. Las nubes se
paseaban a merced de los caprichos de Eolo. No habría ya
más tiempo para perder en primordiales frivolidades. El
porvenir se nos viene encima, un arrebatado flujo de eras
marginadas por su condición de inexistencia. Sin embargo,
dentro de la habitación, ese cerebro rebosante de sueño,
a pesar de las ganas aguantó cinco minutos más,
esos minutos que por la mañana descontaría a la
lucidez matutina. Miraban esos ojos fijamente a la pared, y en
un arrebato de insustancial paradoja material, su carne se pegó
como un clavo atraído por un imán al cemento, fusionándose
luego al esqueleto de ladrillos y hierro, impregnado de la pintura
que cubría la porosa piel del muro. Se sentía una
babosa adherida a su sustento; el sentido del tacto, en deficiente
función debido a la incontable cantidad de estímulos
provenientes de cada centímetro de su cuerpo, se rebeló
al ser usado para rechazar esos mandatos del ambiente circundante.
Entonces, él se apareció...
-Si bien las plegarias ayudan en momentos de desesperación,
dudo que puedas juntar tus manos para elevar tus oraciones.
Toda una pared ahora vivía y respiraba. Y miraba al desconocido
que sonriente contemplaba la ya indecible escena...
-No te has portado muy bien este año, las estrellas han
guardado muy bien el registro de tus actos. Es hora de tu condena,
una que hemos postergado solo para encontrar, y con mucha satisfacción,
esa marcada característica tuya por saberte en un estado
de onanismo social provisto por terceros... en otras palabras,
a vos, vago de mierda, te condeno a provocar la condena
de otros...
La mañana llega como otras ya habían aparecido y
como otras más vendrían. Nadie, cuando el tumulto
de gente se hizo otra vez algo común en las calles, reparó
en el nuevo cartel que promocionaba esos programas de televisión
que alientan las degeneraciones voyeurísticas de las viejas
de barrio. Nadie se había dado cuenta que ese cartel, con
la imagen de los jóvenes protagonistas, más que
pegado a la pared, estaba adherido a ella como una leve escultura
en relieve. Nadie habría escuchado los gritos de una garganta
ahora inexistente cuando se detenían a verificar los horarios.
Nadie había podido saber que cada tentación es parte
de una sentencia ya consumada.
Solo él, el demonio disfrazado de cíclope electrónico,
el vengador Mass Media, a quien algún día la humanidad
logrará honrarle con sus mentes ofrecidas a su voraz estomago.
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